Ruleta de fuego, por Regina Favela

25 julio, 2018 5 mins de lectura
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Había decidido relajarse una noche. Toda la semana había estado sumergida en libros, escritos y papeles que ya la tenían harta y mareada. Las palabras dejaron de fluir y decidió divertirse un rato para retomar lo que estaba escribiendo. Se dio un largo baño con agua tan caliente que su piel sacaba vapor. Pequeñas gotas cubrían todo su cuerpo, su pecho, su vientre, su cuello, sus muslos, parecía una muñeca cubierta en diamantes. Se puso un vestido de cuero negro, evitando ponerse bragas para que no se marcaran y olvidando, un tanto a propósito, el sostén para que sus pezones se notaran a través de esa segunda piel. Secó su cabello un poco esperando mejor que se secara con el aire natural, roció unas gotas de perfume sobre su cuello y se puso un poco de labial rojo intenso al igual que sus uñas y que sus zapatos de unos 13 cm de tacón. Tomó su bolso con un fajo de billetes y salió directo al casino

Al llegar, no había hombre ni mujer que no volteara a ver su belleza. Unas la veían con envidia y otras, al igual que ellos, con deseo. Caminó directamente a la mesa de ruleta, la cual estaba completamente llena, pero en el momento en que llegó, todos los que estaban ocupando la mesa se pararon ofreciéndole el lugar. Se sentó justo en el lugar de en medio para poder poner ella misma todas sus fichas. Entregó unos billetes a la señorita que se le acercó con una minifalda negra y una camisa blanca por la que se alcanzaban a notar sus grandes pezones, ofreciéndole algo de tomar. Pidió un Martini seco, cambió sus fichas y esperó a que todos pusieran sus fichas para ver en qué número poner las suyas. En esa primera apuesta fue la única que ganó. Tocaba el cambio de dealer. Y ahora fue ella quien no pudo resistirse a voltear a ver. Largas piernas delgadas, culito parado, cintura pequeña, grandes pechos, labios rosas, piel morena, grandes ojos color almendra y una gran cabellera rizada. 

Comenzó a apostar tratando de no fijar su mirada en la hermosa latina que tenía frente a ella. Pero no podía evitarlo, se fijaba en cómo movía las manos por la mesa, en cómo se mordía el labio cada vez que dejaba girar la pelota en la ruleta y en cómo ignoraba también todas las miradas de deseo de todos los hombres en aquella mesa. Ella había ganado todas las apuestas, la dealer la volteó a ver para entregarle sus ganancias giñándole el ojo. Había fuego en aquella ruleta. Ella, que ya se estaba imaginando que se vería mejor la morena sin ese uniforme, se arrepintió de no haberse puesto nada debajo del vestido, pues comenzaba a mojarse lentamente. Decidió retirarse de la mesa esperando que no faltara mucho para el cambio de dealer. Y así fue, una apuesta más y se fue. 

Atrayendo nuevamente la mirada de todos, se abrió camino hacia el baño con la esperanza de que su presa fuera parte de aquellos que la volteaban a ver. En unos segundos entró al baño, sin decirle ni una sola palabra, la miró a los ojos, la besó y, como si hubiera sabido que no traía nada debajo, le metió los dedos penetrándola unos segundos. De lo mojada que estaba ella chorreaba. Sacó sus dedos y se los llevó a la boca saboreando sus jugos. Dejó una llave de hotel sobre el lavabo con el número 1696 escrito con plumón, le giñó el ojo y solamente dijo “a las 12”. 

Solo faltaba media hora para que dieran las 12 de la noche, así que subió de una vez al cuarto para irse preparando para aquella noche. Era una habitación con una cama pequeña, con un pequeño balcón y con un baño pequeño y una tina. Se quitó su vestido y abrió la llave de la tina. Echó un poco del líquido para hacer burbujas y se metió al agua hirviendo a esperar a su mulata.

mujer en bañera

Empezó a tocarse sola, a excitarse, a prenderse. Pasaron los minutos y nadie entraba por aquella puerta. Desesperada, decidió que no iba a esperar a que alguien le provocara un orgasmo, así que siguió jugando con su propio cuerpo. Sus pechos eran firmes y tenía duros los pezones, se notaban incluso a través de toda la espuma. Abrió nuevamente la llave del agua, ahora un poco menos caliente, levantó sus piernas de manera que de la rodilla quedara fuera de la tina. El chorro de agua le daba directo en el clítoris. Su vientre y su pecho tenía rastros de burbujas, pero ya no estaban tocando el agua. Al mismo tiempo que el agua le estimulaba el clítoris ella se metía los dedos. Por su movimiento, el agua se agitaba y se desbordaba de la tina. Gritó justo en el momento en el que llegó al clímax. Estaba agotada de haber aguantado en esa posición un poco incómoda. Salió de la tina y nuevamente era una muñeca de diamantes, secó su cuerpo y se acostó desnuda sobre la cama. 

A las 3 de la mañana escuchó que alguien introducía la llave en la puerta. La morena al fin había llegado para comérsela y follársela completa. Y ella la recibió empapada y con las piernas abiertas

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