El machismo de siempre, visto desde la otra esquina

17 julio, 2016 4 mins de lectura
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Que vivimos en un país machista es un hecho innegable, siglos de historia respaldan esta afirmación; sin embargo, la desinformación y algunos movimientos radicales nos han hecho creer que el que ejerce activamente el machismo es siempre el hombre y que las únicas víctimas son las mujeres. Pocas veces reflexionamos sobre cómo esta educación afecta a los mismos hombres, cómo se les imponen comportamientos y cómo se les castiga socialmente cuando no cumplen con ello.

Recordemos que para perpetuar cualquier conducta se requieren dos partes. Para que exista la comunicación se necesita de un hablante o emisor y de un receptor; si el receptor se va, no hay comunicación. Para que exista una adicción se necesita del adicto y de la sustancia; si se le quita la sustancia, el adicto no puede serlo más. Lo mismo ocurre con el machismo, para que éste perdure son indispensables dos partes: quien lo ejerce y quien lo recibe, lo permite y, a veces, hasta lo favorece.

Vemos entonces que el problema no es tan simple como hablar de víctimas y victimarios. Lo que pocas veces pensamos es que muchas mujeres no sólo permiten que el machismo perviva, sino que por motivos de practicidad o conveniencia, incluso lo promueven; por su parte, los hombres no sólo “gozan” de los “privilegios” que el machismo les concede, sino que también tienen que asumir cargas muy pesadas socialmente por el mero hecho de que “son hombres”.

Tres hombres, cuyos nombres cambiaremos por cuestiones de privacidad, nos han platicado situaciones que los han hecho sentir juzgados por no cumplir el papel que el mismo machismo les ha impuesto. Daniel, de 30 años, nos cuenta: “Yo no sé manejar, pero mi novia sí, así que a donde sea que vayamos ella conduce y yo voy como copiloto. No puedo decirte cuántas veces hemos notado expresiones de asombro y extrañeza porque ella es la que maneja, es como si el volante le diera cierto poder que, supuestamente, debería tener yo”.

Marco, de 35, nos platica: “Tengo un amigo que acaba de tener a su primer hijo, su esposa trabaja en un empresa internacional y le va muy bien, él es pintor y gana dinero de algunas exposiciones que organiza y de las obras que vende. Como él trabaja mucho en casa, juntos decidieron que él se encargaría del niño y del hogar mientras ella chambeaba, él es el amo de casa, pues (risas). Cuando la gente se entera de esto, no sabes, lo ven casi con vergüenza, como diciendo, pobre desgraciado, no puede ni mantener a su familia como debería. A ellos les molesta mucho pues fue un acuerdo al que llegaron entre los dos y a ellos les funciona”.

Finalmente, Alejandro, de 38 años nos dice: “Mi pareja y yo llevamos 6 años juntos, no vivimos juntos, ambos trabajamos, pero nos vemos y salimos de viaje muy seguido. Hace unos 4 años ella habló conmigo y me dijo que le incomodaba mucho que yo quisiera siempre pagar todo, lo platicamos y decidimos juntos que siempre que saliéramos nos iríamos a michas con los gastos. Así le hacemos y nos ha funcionado muy bien, nunca tenemos broncas por dinero; pero sí ha habido cuates que me cuestionan y me dicen: ‘no deberías dejarla pagar’, uno hasta me preguntó ‘¿andas mal de lana? Te puedo prestar si necesitas’ (risas)”.

Puede tratarse de detalles aparentemente sin importancia (como lo del coche) o de situaciones más complejas que implican romper tabúes para probar nuevas formas de organización de pareja (como el caso del amigo de Marco); lo claro es que romper paradigmas no es tan fácil como a veces pensamos y es momento de que dejemos de abordar el problema del machismo de forma tan simplista y unilateral. Es momento de que abandonemos los machismos y los hembrismos, y comencemos a preocuparnos por nuestros derechos y libertades en tanto personas (sin más etiquetas).

Con apertura e inteligencia: ¡vive Kinky!

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