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Pasiones y desamores de la Revolución Mexicana

Por: Redacción Kinky

Aunque casi nunca se cuente, los personajes de la Revolución Mexicana eran igual de cachondos que tú

Pasiones y desamores de la Revolución Mexicana
Aunque casi nunca se cuente, los personajes de la Revolución Mexicana eran igual de cachondos que tú

Hay quienes dicen que todas las guerras y grandes conflictos de la humanidad se han desatado, en un inicio, por asuntos de faldas (o más bien por lo que hay debajo de ellas): Paris rapta a la bella Helena, su esposo Menelao se entera y ¡cabum! comienza la guerra de Troya; Cleopatra, Isabel I, Ana Bolena… los ejemplos sobran y, aunque quizá sea exagerado decir que fueron las causantes de todo, lo que es innegable es que el sexo y las pasiones influyeron siempre en los principales personajes de la historia universal.

Evidentemente, la Revolución Mexicana no es la excepción: los amores, pasiones y engaños estuvieron siempre presentes, pero casi nadie habla de ello; desde pequeños, nos han presentado a los personajes de la revolución como figuras de cuento de hadas: o buenos o malos, o héroes o villanos, o salvadores o traidores, despojándolos de su complejidad humana y poniéndolos en un pedestal inalcanzable y casi sobrehumano.

Pero la realidad es que fueron personas tan reales y contradictorias como cualquiera de nosotros, lo cual significa – aunque no les guste a los profes de secundaria – que también tenían pulsiones sexuales, se enamoraban y engañaban. En un intento por “desacralizarlos”, el escritor mexicano Martín Moreno nos cuenta las historias sexuales y eróticas de personajes como Pancho Villa, Porfirio Díaz o el emperador Maximiliano.

En su libro Arrebatos carnales: Las pasiones que consumieron a los protagonistas de la historia de México, Moreno relata, por ejemplo, que Pancho Villa era todo un Don Juan mexicano que engañaba a las mujeres para hacerles creer que se casaban con él: le pedía a algún amigo que se disfrazara de juez o sacerdote y que realizara una boda falsa para que la mujer en cuestión le regalara su virtud (¡ni modo que la ofrecieran sin estar casadas!).

También cuenta que, mientras Maximiliano se iba a Cuernavaca con su amante o protagonizaba orgías, su esposa Carlota no se quedaba en su casa quietecita; así que quedó embarazada de otro hombre y Maximiliano la mandó a Europa argumentando que se había vuelto loca. Como éstas, muchas otras historias hacen con los revolucionarios lo que deberíamos hacer con cualquier persona: volverlos menos ideales y más humanos.

¡No dejes de leer este libro y conoce la intimidad de los revolucionarios!

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