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El arte como estimulante erótico

Por: Redacción Kinky

¿Sabes cuál es el diferenciador de Let's Kinky? ¿Qué nos hace distintos a cualquier otro portal? Sigue leyendo y descúbrelo

El arte como estimulante erótico
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En Let's Kinky creemos que el arte y la cultura, además de ser esenciales para el progreso del ser humano, son excelentes medios para expresar todos los aspectos de la sexualidad: nuestros miedos, deseos, fantasías y obsesiones. Estamos convencidos de que el arte es una de las mejor maneras de darle sentido a tus sentidos, y como el sentido más potente que tenemos es nuestra imaginación, en esta editorial te regalamos un cuento cuyos fragmentos eróticos te convencerán del poder estimulante que tienen las palabras. ¡Disfruta!

Fragmentos de nosotros

por Amelia Rennes

Abro los ojos y veo al techo. Todo es blanco. A mis lados. Blanco. Mientras estoy recostada en esta camilla – tan angosta que apenas caben mis brazos, tan fría que casi no siento mi dorso – me pregunto si siempre fui enemiga de mí misma. Creo que sí.

No. Hubo momentos de paz, estoy segura, los hubo.

Me pregunto en qué momento, no sólo me dejé vencer, sino que tomé la espada, la empuñé orgullosa y la clavé muy hondo, justo detrás de la clavícula izquierda.

Trato de recordar los buenos momentos para no concentrarme en este dolor, antiguo y punzante. Aquellos ocho meses en el pueblo de R fueron, quizá más que de paz, de tregua: no me temía, no me maltrataba, no me desafiaba, ciertamente no me odiaba, a veces ni siquiera me veía.

Siempre me pasa lo mismo. Cuando intento pensar en los buenos momentos, dos imágenes aparecen y se aferran: el pueblo de R y tú. No sólo tú, no el tú-individual, no el tú-solitario, no, siempre mi cuerpo y yo y tú.

Tus ojos sobre mi cuerpo desnudo, tu cabello enredado coronando esa mirada absoluta; tus dientes rastreando mi piel, buscando el mejor lugar para hundirse (al fondo escuchamos, como caníbales, a Cerati), buscando el punto más mórbido, más carnoso, más adecuado para la inminente mordida, fuerte y dulce, prolongada, prolongándose… hasta que un breve gemido me delataba, entendías de inmediato y soltabas la mandíbula, lentamente, lamiendo con delicadeza la marca que tus dientes habían dejado. Más que la mordida en sí, ese momento posterior, esa simbiosis última, era de lo más excitante: la suavidad de la punta de tu lengua sobre la piel levemente lastimada, adolorida, crispada; era tal la sutileza del roce, que podía sentir, uno a uno, los finísimos vellos de mi piel siendo barridos por tu lengua de gato, como en cámara lenta.

Comienzo a tomar consciencia de mí, del presente. Sí, es mi cuerpo el que yace, son mis ojos los que suben y bajan buscando lo no-blanco, es mi pecho el que se abre y se cierra con cada respiro; sí, son mis dedos los que acarician el frío metal de la camilla. Siento un dolor impreciso, dilatado, permanente. No sé qué hago aquí. El frío de esta habitación escuece.

Aquellos meses en R me purificaron. Recuerdo con claridad mi habitación: no tenía espejos; sólo uno, pequeño y cuadrado, colgado en el baño a la altura de mi rostro. Durante ocho meses fui sólo rostro, sólo facciones, mi cuerpo se hacía evidente a la hora de la ducha y nada más.

Pienso de nuevo en mi habitación en R, pienso en la felicidad de ser sólo rostro. Desposeída de cuerpo, me sentía libre; aún sueño con perpetuar esa sensación, con eternizar mi yo-no-cuerpo. Pienso ahora en mi madre. Fue ella quien me enseñó a odiar mi yo-cuerpo; seguramente sin pretenderlo, como todo lo que hacen los padres.

Pienso en ti. Fuiste tú quien me enseñó a amarme en completud, en y con mi yo tangible; contigo, por primera vez, me sentí libre en posesión de mi cuerpo.

Y entonces ocurrió la fractura. Entonces fui dos. Una en ti y conmigo y otra sin mí.

De nuevo tu boca, de nuevo tus dientes, de nuevo tus ojos. Una cama pequeña, medias caladas, yo recostada. De nuevo tus dientes; pero esta vez no atrapan mi carne, pasan sobre ella y sostienen los hilos negros que envuelven mis piernas, desgarran la tela, tus rizos cubren tu rostro, volteas, jadeas, tus fauces exhalan un tibio aroma. No es suficiente, no alcanza la boca, necesitas las manos, con ellas rompes lo que falta, gimo, sudo, violentamente abres mis piernas al tiempo que los restos de media caen al piso, livianos, hechos trizas.

Lentamente y con esfuerzo, coloco mis manos en mi rostro; lo palpo, lo examino, todo se siente normal, como de costumbre, soy yo. Continúo el reconocimiento. Por encima de la bata siento mis senos, mis costillas, mi ombligo; desciendo hacia mis crestas iliacas, el dolor se intensifica. Mis manos bajan por el costado, rozando mi cadera, bajan un poco más y de pronto el vacío, no hay nada, no siento nada. Una lágrima se descuelga y resbala por mi sien. Ahora lo recuerdo. Veía la luna desde mi balcón, su resplandor alucinante se transformó en tu imagen, te vi frente a mí, tendiéndome la mano. Por unos segundos me sentí bella, voluptuosa, casi satisfecha. Mi mano tomó la tuya, cerré los ojos, avancé y di el paso hacia ti, no miré abajo. Y entonces fui una, en ti y conmigo, sin cuerpo, sin rostro, fui sólo luz danzando en ausencia del yo manifiesto, danzando invisible, etérea, silenciosa.

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