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Masturbación que cura (el día que estimulé mi clítoris con desconocidas)

Por: Ariadna Islas

Acompáñanos a revivir la experiencia de una mujer que tomó un taller de masturbación que cambió su forma de vivir y entender el placer.

Masturbación que cura (el día que estimulé mi clítoris con desconocidas)
Acompáñanos a revivir la experiencia de una mujer que tomó un taller de masturbación que cambió su forma de vivir y entender el placer.

Tengo treinta años y nunca me imaginé vivir esto —me dije mientras salía del pequeño salón con una deliciosa sonrisa fijada en el rostro—. Pertenezco a una generación que, al menos teóricamente, ya no es tan hermética respecto a la sexualidad: tiene menos prejuicios (menos que antes, pero más de los que cree); no se asusta (tanto) ante palabras como vagina, pene, masturbación, anal o clítoris; ve porno sin sentir que está condenando su alma (y de paso la de todo su linaje) y suele hablar con mayor apertura de fantasías o prácticas sexuales alternativas. Crecí en un contexto familiar relativamente privilegiado en el que tuve acceso a enciclopedias y libros que me proporcionaban información más o menos completa (aunque muy poco útil, lo sabría después) respecto a mi cuerpo, los cambios en la adolescencia y las relaciones sexuales. Tuve una madre que, escondiendo su pena con moderado éxito, trataba de responder a mis preguntas lo mejor posible y, eso sí, hacía siempre mucho énfasis en lo que asumo para ella era lo más relevante: el uso del condón. Tengo treinta años y desde hace más de diez me considero bastante cachonda, me gusta coger, me gusta hablar de sexo, me gusta el porno, tengo muchas fantasías... y aun así, nunca me imaginé a mí misma estimulando mi clítoris rodeada de otras siete chicas en una insólita, fascinante y orgásmica sesión de masturbación colectiva.

Llegué veinte minutos antes de las tres. Traía todo lo que se nos había solicitado: un tapete de yoga, una toalla grande, un snack y una botella de agua; además, como la alumnita aplicada que siempre he sido, hice caso estrictamente a las indicaciones enviadas por Alicia el día que me inscribí al taller: se nos solicitaba predisposición para estar desnudas frente a otras mujeres, haber comido antes, llevar ropa cómoda, sentirnos cómodas con nuestra higiene genital y llevar las uñas recortadas. Todo a punto, iba lista y le sonreí a Alicia apaciblemente cuando la salude, pero en el fondo estaba tiritando de nervios.

Ya no me acuerdo cómo empecé a seguir a Alicia Delicia en Twitter. Los senderos virtuales de las redes sociales siempre han sido un tanto crípticos para mí (el amigo de un amigo sigue a alguien, ese alguien le da "me gusta" a otro alguien y de alguna forma ese tuit llega a mí). En fin, si bien no recuerdo cómo llegue a ella, sí recuerdo que de inmediato me llamó la atención su biografía: "Mi hobby favorito es masturbarme. Viajo por México dando talleres sobre la vulva, el clítoris y la masturbación". Ante tal descripción de sí misma, de inmediato pensé dos cosas, la primera: "tengo que cambiar mi biografía, eso de que mi hobby favorito sea leer no es muy atractivo que digamos", la segunda: "¿Taller de masturbación? ¿Eso se puede? ¿Cómo, dónde? En todo caso, tengo que tomarlo". Le escribí un mensaje privado para hacerle saber mi interés y un mes después me encontraba junto a otras mujeres desconocidas, lista para tomar el taller Masturbación Femenina: placer clitorial.

Ingresé a un pequeñísimo salón que, por la decoración, asumí que regularmente se utilizaría para clases de yoga o meditación. Entre los nervios, la emoción y ese sol despiadado que se ensaña después de mediodía, yo sentía un calor tan sofocante que lo único que deseaba era quitarme la ropa (esto es plan con maña —pensé tratando de relajarme— para que a nadie le dé pena encuerarse). Éramos ocho, todas mostrábamos cierta reserva y nos sonreíamos mesuradamente sin pronunciar palabra. Alicia se colocó al frente y nosotras acomodamos nuestros tapetes de yoga en semicírculo, como rodeando a quien nos guiaría durante aquel periplo. El taller duró cinco horas y, por supuesto, no pasamos cinco horas hablando de —ni mucho menos tocando— nuestro clítoris. El momento de masturbarnos llegó ya hacia el final de la sesión, como un dulce coronamiento genital después de un proceso maravilloso de autoconocimiento y deconstrucción de ideas respecto al placer y la feminidad. Así pues, el taller mismo constituyó una linda metáfora de cualquier proceso de búsqueda de placer: no, no se empieza apuntando de inmediato a la codiciada cumbre, la gratificación inmediata es casi siempre efímera e insustancial, el placer se confecciona lentamente, disponiendo con amor el espacio y los materiales; artesanalmente, digamos.

Cuando me inscribí al taller tenía un objetivo muy claro y, probablemente, un tanto superficial. Aunque me masturbo desde hace muchos años, siempre había tenido la percepción de que los orgasmos que sentía al masturbarme no eran nunca tan intensos como los que lograba con las buenas parejas sexuales de mi historial; digamos que no estaban mal, pero tampoco me hacían flotar por encima de mí misma por algunos inenarrables segundos de trance. Así que pensé, con una mezcla de incredulidad y provocación, he de aceptarlo: "Vamos a ver si esta mujer experta en placer y masturbación me ayuda a lograr lo que me parece imposible". De la manera más anticlimática del mundo, les adelanto que sí, sí lo logró, tuve dos orgasmos y el segundo fue de los mejores que he experimentado; pero, repito, eso no fue más que la cereza (una enorme, deliciosa y jugosa cereza, claro está) del pastel, la llegada a un hotel bello y apacible después de un largo viaje en carretera. Y el viaje fue fantástico: re-conocer mi vulva, ver otras vulvas y apreciar el encanto de la diferencia, pasar horas desnuda junto a otras mujeres desnudas y empezar a reconciliarme con mi cuerpo, reapropiarme de la capacidad para gozar sin necesidad de que alguien más "potencie" las sensaciones, saberme digna de recibir amor y placer. Ese fue el viaje.

El taller llegó a su fin con nuestros comentarios. Cada una de nosotras habló de sus emociones y sensaciones; fue entonces cuando entendí que en realidad —y quizá sin saberlo desde el inicio— todas estábamos ahí para reconstruirnos, para sanar heridas que, de una manera u otra, han afectado nuestra vivencia del placer. Tengo treinta años y nunca pensé afirmar con absoluta convicción que el placer, vivido desde la conciencia y el amor propio, cura, alivia y libera.

¡Dale sentido a tus sentidos!

Taller impartido por: Alicia Delicia

Si te interesa tomar este taller, único en México, sigue a Alicia Delicia en sus redes sociales: 

Twitter: @alicia_deliciaa

Instagram: alicia_deliciaaa

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