Húmedos sueños, por Regina Favela

20 junio, 2018 5 mins de lectura
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Ella nunca faltaba a clases, nunca hacía nada que no estuviera permitido y jamás había roto las reglas. Se peinaba siempre de coletas, usaba lentes que enmarcaban sus grandes ojos verdes y siempre se vestía de manera muy conservadora. No quería que por sus grandes pechos y gran culo pensaran que hacía cosas sucias al salir de clases. Era la estudiante perfecta, leía todo lo que el profesor les pedía y hacía todas sus tareas. Pero en el fondo, ella no quería ser esa niña bien que aparentaba, quería portarse mal. Cada día ella se sentaba junto a la ventana, le gustaba ver cómo las gotas de la lluvia recorrían el cristal. Se imaginaba que eran gotas de sudor bajando por su espalda. 

Había una razón por la cual siempre llegaba temprano al salón antes de su clase de filosofía: su profesor, de 30 años, alto, con barba perfectamente cuidada, con unos músculos que se notaban incluso a través de su camisa; también se podía notar cómo su polla se presionaba contra el pantalón. Probablemente solo ella se había percatado de eso último, pero durante toda la clase ella se mantenía húmeda, lista para él si así lo quisiera. 

Un día se acercó a él pidiéndole una asesoría personal, la cual aceptó sin saber realmente por qué la necesitaría. Pero ella tenía algo más en mente, algo que a él lo haría actuar en contra de sus principios e ideales pero a lo que no podría resistirse. Quedaron al día siguiente de verse en su oficina. 

Estaba lloviendo a cántaros, ella se cubrió con una gabardina beige y caminó bajo su paraguas hasta llegar a su oficina, a la cual llegó antes para no perder la costumbre. Al entrar se quitó su gabardina, debajo traía una falda escolar tipo escocesa que apenas y le cubría dos tercios de su redondo culo; camisa blanca lo suficientemente desabrochada para que se viera la curva de sus pechos; corbata negra hasta el cuello; medias hasta la rodilla con un moño en la parte de atrás y tacones; sus lentes y, por supuesto, peinada con sus coletas. Estaba a punto de cumplir su fantasía sexual, esa que le hacía pensar en que las gotas de lluvia eran realmente gotas de sudor bajando por su espalda. 

Se sentó sobre el escritorio de su profesor y esperó a que llegara. Jamás pensó que fuera capaz de hacer realidad su fantasía, pero ahí estaba, húmeda y lista para cumplirla. Sus pensamientos se interrumpieron cuando escuchó la manija de puerta girar. Él tardó unos segundos en procesar que su alumna estaba abierta de piernas en su escritorio mordisqueando un lapicero con una sonrisa traviesa. Cuando entendió lo que estaba pasando, cerró la puerta de un golpe y puso el seguro. 

No sabía exactamente qué hacer, si pedirle que se fuera de la oficina antes de que tuvieran un problema o follársela, pues él también fantaseaba con corromperla y enseñarle las virtudes de los pecados. Se decidió por la segunda opción y, sin decir una sola palabra, se acercó al escritorio, le levantó la falda para ver lo que le estaba esperando. Le metió dos dedos mientras con la otra mano le agarraba el culo para acercarla más a él. La besó en los labios y fue bajando por su mandíbula y el cuello hasta llegar a sus pechos. Metió su cabeza entre ellos, besándolos y deleitándose con el aroma a deseo que emanaba de ella. Se separó, dejó de masturbarla para poder arrancarle la camisa y liberar sus pechos. Le ordenó que se volteara y se recargara sobre su escritorio. Ella estaba disfrutando su papel de sumisa, pues le gustaba seguir órdenes. Le levantó la falda y admiró el culo que siempre había querido follarse. Le dio una fuerte nalgada haciendo que ella liberara un gritito de dolor y de placer. Se desabrochó el pantalón y liberó su pene duro, listo para dejarla débil de las piernas. Le jaló levemente el cabello para levantar su cabeza y que su espalda se arqueara un poco más. Le puso su mano tapándole la boca porque sabía que la iba a hacer gritar de placer y nadie podía escucharlos. 

La penetró como un salvaje, cada embestida era dura, fuerte, ruda. Era justo lo que ella se imaginaba. Empezó a sentir el sudor en su espalda cuando estaba por venirse, él seguía cogiéndola, seguía y seguía. Hasta que ella se vino, pero no podía gritarlo pues su mano seguía tapándole la boca. Sus piernas empezaron a perder el control por unos minutos hasta que sintió su semen derramarse sobre su espalda. 

Le dio otra nalgada, la cual resonó tan fuerte que la hizo regresar a la realidad. Y ahí estaba, en el mismo escritorio junto a la ventana con las gotas bajando por el vidrio. Se había quedado dormida, algo que nunca le había pasado. Al abrir los ojos lo primero que vio fue la mano de su profesor en su escritorio, alzó la vista y vio su pene contra su pantalón. Ahí estaba ella, húmeda como siempre, pero sin haber sido follada. 

¡Dale sentido a tus sentidos!

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