La ilusión del caníbal, de Guillermo Vega Zaragoza

30 noviembre, 2016 1 min de lectura
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No bromea aquel que confiesa:

“Me la comería a besos”.

Si pudiera, la engulliría toda

como la boa del diminuto príncipe,

como la tierra ávida

absorbe la lluvia en el desierto.

 

El beso es una mordida extraviada,

un tímido devoramiento

en una danza de lenguas excitadas.

 

El beso es una cópula perversa,

hermafrodita,

donde ambos se penetran

y se preñan de hijos minúsculos

que nacen y mueren y resucitan

cada vez que los labios se aproximan.

 

El beso es la ilusión del caníbal,

deseo prohibido de la carne prójima,

aliento vital desesperado,

agonía infinita del instante.

 

Para cumplir con su cometido,

los que se besan

deben consumirse mutuamente,

a plazos pero sin pausa,

con insaciable pasión antropófaga,

deglutirse con paciente ternura

hasta el último hueso,

y separarse como si ya no fueran uno,

para volverse a devorar

en el banquete próximo.

 

El fin del beso es imposible.

Cada beso es uno solo,

inacabable.

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El beso perfecto es de quien lo trabaja