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Brindis por Japón, por Regina Favela

Por: Regina Favela

El recuerdo de un amor pasional y efímero, un reencuentro inesperado y los mejores orgasmos de su vida. Acompáñala en esta historia.

Brindis por Japón, por Regina Favela
El recuerdo de un amor pasional y efímero, un reencuentro inesperado y los mejores orgasmos de su vida. Acompáñala en esta historia.

Hace unos años conocí en Japón al hombre que se convertiría en la imagen de todas mis fantasías. Nuestro encuentro fue muy breve y hasta efímero, pues solo pasamos una noche juntos. Nadie nunca me había tocado como lo hizo él aquella noche, y nadie lo ha hecho desde entonces. Cada vez que un hombre me dejaba sin terminar, aparecía él en mi mente para hacerme llegar a los orgasmos más intensos, aunque fuese solo con mi mano. Nunca pensé volverlo a ver, y yo estaba feliz con esa idea, hacía de nuestro encuentro uno todavía más especial.  

Una noche me crucé con una foto de él, se había mudado a mi ciudad. No sabía si escribirle o dejarlo pasar, pues ya habían pasado muchos años y probablemente ya era solo un recuerdo para él. Antes de que pudiera escribir el mensaje, recibí un mensaje suyo. Quería verme. Me invitó a cenar esa noche. Platicamos de todo y de nada, fue el inicio perfecto para la noche perfecta. Brindamos por Japón, por habernos unido. Ninguno de los dos quería que terminara la noche, pero él era nuevo en la ciudad y no sabía a dónde llevarme. Le dije que no se preocupara, que yo tenía el lugar perfecto.

Love Hotel K20 

Lo llevé al Love Hotel K20, era el lugar ideal para revivir la flama que habíamos prendido tantos años atrás. Sabía que lo había llevado a un hotel, pero nunca se imaginó lo que estaba detrás de la puerta. La habitación japonesa lo transportó a esa noche, lo pude ver en sus ojos. Se volteó a verme y dijo que era perfecto. 

Me acosté en la cama y le confesé que todas las noches pensaba en él mientras tenía mi mano entre mis piernas. Se acostó sobre mí y me besó, me fue desnudando lentamente. Besó y mordisqueó mis pezones, chupó mis pechos y bajó por todo mi cuerpo dejando rastros de su saliva. A pesar de no conocerlo realmente y de solo haber pasado dos noches con él, siempre me sentí tranquila y segura estando completamente desnuda frente a él. Llegó a mi pubis y abrí las piernas dándole acceso a mi clítoris. Estaba nerviosa pues pensaba que probablemente lo recordaba mejor de lo que era en realidad, pero la realidad es que mi memoria no le había hecho justicia. 

Se tomó unos segundos, abrió con sus manos mis labios y ubicó dónde tenía que jugar con su lengua. Podía sentir cómo su saliva y mis jugos escurrían entre mis piernas hasta mojar la cama. Nunca cambió de ritmo y nunca paró hasta que me escuchó gritar. Era imposible resistirme, mi espalda se arqueaba sin que yo se lo pidiera y mis piernas temblaban como si perdieran el control. Cuando se separó de mí, pude ver un hilo de mis jugos colgando de su barba. Lo besé y le chupé mis jugos para saborearme, incluso estando sola me encantaba chuparme los dedos después de tocarme. 

Me paré de la cama y fui al jacuzzi. Él me siguió mientras se iba quitando la ropa, pues seguía vestido. Yo lo veía perfecto: su pecho, su abdomen, sus brazos, su pene, sus piernas, todo lo quería besar. Se metió conmigo al agua y me dijo que después de todos estos años nunca pensó que volvería a verme. Yo tampoco lo podía creer, lo único en lo que podía pensar era que quería que esa noche fuera tan memorable como la primera. 

Se sentó en la banquita dentro del jacuzzi y me senté sobre sus piernas, dejando mi espalda flotando sobre el agua. Metió su pene con tanta fuerza que tuvo que sostenerme con una mano en la espalda para que no me separara de él. Mis pechos salían del agua y formaban pequeños círculos cada vez que rebotaban con cada embestida. Él casi no hacía ningún ruido que me hiciera saber que lo estaba disfrutando, lo único que me lo hacía saber era su mirada, nunca la apartaba de mis ojos. Estaba disfrutando sus embestidas, esperando que él terminara, pero comenzó a frotar mi clítoris con la yema de su dedo mientras me penetraba haciendo que terminara por segunda vez. Le dije que estaba a punto de llegar al orgasmo, a lo que me respondió que lo esperara, que quería que termináramos juntos. Era absurdo pedirme que me aguantara, y creo que mis gemidos lo delataban. Me mordí el labio e intenté aguantar lo más que pude. Cuando vi que cerró los ojos y echó la cabeza para atrás me dejé venir. Definitivamente mis orgasmos dedicados a él no eran iguales a mis orgasmos hechos por él. 

¡Dale sentido a tus sentidos!

Conoce más sobre el trabajo de la curadora y escritora Regina Favela en www.reginafavela.com

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