Cultura Eróticacereza

  • cultura erotica
  • Arte, Cine, Teatro, Historia, Literatura y Música
  • cultura erotica
  • Arte, Cine, Teatro, Historia, Literatura y Música

Blanca Navidad, por Regina Favela

Por: Redacción Kinky

¿Cuál crees que sería el mejor regalo que podrías darle a tu pareja en Navidad? Sumérgete ahora en esta deliciosa fantasía blanca.

Blanca Navidad, por Regina Favela
¿Cuál crees que sería el mejor regalo que podrías darle a tu pareja en Navidad? Sumérgete ahora en esta deliciosa fantasía blanca.

Estaba emocionada, en poco tiempo sería el gran día que había esperado tanto. Realmente nunca soñó con ese día cuando era niña; hasta hace unos años fue que empezó a anhelar aquel momento de su vida. Llevaba semanas buscando el vestido perfecto, pero no encontraba ninguno que cumpliera con sus expectativas. Llegó a una tienda a la que nunca había entrado, la última de su lista. Le sacaban uno tras otro vestido, pero ninguno le encantaba. Hasta que la de la tienda le dijo que tenía uno más que no le había enseñado guardado en la parte de atrás. Ya estaba convencida de que no sería nada espectacular, pero estaba equivocada. Se puso el vestido en el probador y se dio cuenta de que ese era el que quería encontrar sin realmente buscarlo. 

No era un vestido que llamara mucho la atención: cuello halter en v que llegaba un poco abajo del busto, pero como no tenía un gran pecho se veía más discreto de lo que en realidad pretendía ser; la mitad de la espalda descubierta; y la falda caía pesada marcando su pequeño culito y tenía un corte que llegaba a la mitad del muslo. Mientras se veía al espejo se recogió el cabello simulando su peinado. Era perfecto, nunca se había sentido tan especial hasta ese momento. 

Se sentó en la silla simulando su cena de bodas. Se sentía increíblemente sensual en esa segunda piel y pasó sus dedos por su cuello, por el escote, por sus carnosos muslos. Así, sentada frente al espejo del probador, en su hermoso vestido blanco, comenzó a tocarse. Se quitó las bragas y abrió las piernas de manera que podía ver su propio sexo en el espejo. Comenzó estimulando su clítoris, en lo que su sexo se mojaba un poco más. Jaló del escote para liberar un pecho y tirar de su pezón rosado. Antes de seguir se le ocurrió una idea, sacó su celular y lo recargó en el espejo y comenzó a grabarse. Abierta de piernas frente al espejo y a su celular, continuó con lo que había empezado. Siguió jugueteando un poco con su clítoris para que al meterse los dedos resbalaran. Se metió uno, luego dos, luego tres, hasta tal punto que tenía su mano entera dentro de su sexo. Se penetraba ella misma cada vez más fuerte, se mordía el labio para evitar que se le escapara un grito o un gemido. 

Se imaginaba su noche de bodas, se imaginaba cómo quisiera que su futuro esposo le arrancara el vestido y la tirara a la cama y la cogiera salvajemente. Que la pusiera en cuatro mientras la penetraba cada vez con más fuerza, mientras le soltaba nalgadas que le dejaran rojo el culo. Después, cuando fuera su turno, lo acostaría en la cama y le chuparía la polla antes de sentarse en ella y ser ahora ella quien se folla al otro. Se imaginaba cómo él liberaría un gemido en cuanto llegara al orgasmo, y ella pasaría a sentarse en su boca para que probara la combinación de su semen con lo mojada de ella. Sentiría su lengua juguetear en su clítoris. 

Sacó su mano entera y regreso a prestarle más atención a ese punto mágico. Movía sus dedos como ella quisiera que él moviera su lengua, rápidamente. Llegando al clímax, la señora de la tienda tocó la puerta preocupada pues ella no salía del probador. Con una voz cortada y jadeante le contestó que en unos segundos ya saldría. Terminó, tomó su celular y dejó de grabar. Se quitó el vestido, se vistió y salió diciendo que ese era el correcto y que ni siquiera tenían que arreglarlo de nada.

Una semana después del día de la boda fue Navidad y salieron a su primer viaje como esposos a un hermoso pueblo canadiense. En el avión le entregó una pequeña cajita blanca con un moño dorado. Era una simple memoria, le dijo que era un pequeño regalo de Navidad. Le pidió que en cuanto llegaran al hotel la conectara a la televisión. Era un pequeño regalo para esa noche salvaje que estarían por tener y para que cada que quisiera masturbarse viera a su mujer penetrándose con el puño entero. Ella sabía que era su fetiche favorito en sus ratos a solas. 

Nieve blanca, vestido blanco, y un regalo envuelto en una cajita blanca. Fue una blanca Navidad. 

¡Dale sentido a tus sentidos!

También te podría interesar: Una escritora y su relato (Parte 1)

0 Comentarios

Compartir artículo:

  • Nota anterior
      Nota siguiente
    BIGTheme.net • Free Website Templates - Downlaod Full Themes

    AL CONTINUAR CON LA NAVEGACIÓN EN ESTE SITIO ACEPTO QUE SOY MAYOR DE EDAD. MÁS INFORMACION